EL TREN FANTASMA DE MIS AMIGOS Y ESA ESTATUA FRENTE AL MUSEO DEL PRADO

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La verdad es que me siento raro. Supongo que tras hacer los tours a Roma, terminar de escribir el guión de una película (en la que era protagonista con gran parte de mis penas y tribulaciones incluídas) y tras dar un número considerable de cursos de, por cierto, alta intensidad e involucrarme en varios coachings a artistas, dejé mucho de mí disperso por ahí. Este post me encuentra en Madrid, entre aviones, camino -tras menos de un mes- (o, más bien, de regreso)  a Buenos Aires donde voy a dar ánimo a mi mamá el proceso que confirmará si una de sus enfermedades volvió o no.  A esta altura estas son oportunidades para desplegar ese amor que, al menos entre nosotros, funciona mejor en crisis.

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Hoy, una amiga me decía que los aeropuertos conspiran a mi favor y tras la mini crisis de ayer con el paro de pilotos de Air France, cambié mi itinerario y sin proponérmelo acabo de pasar cinco horas en el que supongo es mi verdadero hogar: el Museo del Prado. No digo esto desde el presuntuoso lugar del critico de arte especialista en Velazquez. Ténganme paciencia. La espera fue la suficiente como para, incluso, ir a ver la muestra del Bosco que convierte a sus pintura en espejos en los que el espectador mira su interior para forzarlo a tomar una decisión moral que es la de hacer o no lo correcto. Pero cómo tomar la decisión correcta cuando, a veces, nuestra percepción de las cosas no es la correcta. La mayoría del tiempo yo vivo bajo el encanto de una ilusión otras veces vivo bajo los designios de mis propias mentiras.

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Es que como me siento raro, hago cosas raras. Ayer imaginaba que el agente inmobiliario que me iba a alquilar un departamento durante mi estadia en Buenos Aires y a quien conozco mucho y bien, había fraguado la página de Internet para así convencerme de un precio que no era. No solo eso, lo acusé de deshonesto e insistí en la acusación.  En la paranoia, a veces visito el cuerpo de mi madre y opero en consecuencia. A veces no sé quien soy.

Tras los maravillosos tours a Roma estuve en Londres, mi hogar, durante una semana en los que aproveché para abrir correspondencia, pagar cuentas y ver amigos y quiza por vez primera, no sentí a Londres como mi hogar. Tampoco siento a Buenos Aires como mi hogar. En realidad, siento que no pertenezco a ningun lado. Lo mío es la desconexión. En realidad, puedo conectar a un lugar y lo acabo de hacer hace un par de horas pero no tiene que ver con el arte. No es sólo un lugar sino una coordenada que, en tanto tal, existe en el tiempo y en el espacio. Hoy pase por ahí. Es un vortex de mi vida frente a la estatua romántica (en sentido académico y también, para mí, literal) de Diego Velazquez emplazada frente a uno de los lados del Museo del Prado. Allí hace casi exactamente cuatro años, estando fuera de mí y tan pero tan lejos, pude, finalmente, hacer contacto. . Yo tenia puesta una camisa rosa imposible y él tenia esos ojos tristes que todavía me hacen soñar. Toda la obra del Bosco tiene forma de ojos: literal y competitivamente. Aquel era un momento triste como todo momento mojado en sustancias que, por definición, siempre sienten acabarse; sin embargo, fue en ese momento que anidé. Fue allí donde me quedé y no me puedo mover. Muchas cosas me ocurren, muchos lugares visito pero yo sigo allí.

Una hija de un padre que quizo violarla, un decimotercer aborto fallido, el balde en el que uno de los ladrones de bancos más celebres de Inglaterra vomitaba son algunos de los componentes de ese tren fantasma que constituyen mi grupo de amigos que durante los últimos años dejé entrar porque sé que, tarde o temprano,  no pueden acercarse. Nunca suelto el timón en ese frente de mi vida. El miedo a la intimidad. La nave de los locos. Nuevamente el Bosco.

Antes de ayer, fui a correr con mi ex Konstantinos quien, dicho sea de paso es psicólogo y con quien me llevo muy pero muy bien. Lo admiré por lo lindo y lo bien parado frente a la vida que está pero no lo deseo. Helas! En un descanso me preguntó cuál era mi ‘release’ lo que en castellano puede traducirse como ‘cómo me relajo’ o ‘qué hago para tratarme bien’. Me shockeó darme cuenta no saber qué es lo que me gusta. Tras mis años en el pais del placer artificial lo único que hago es estudiar, escribir y trabajar. No sé como relajarme. En realidad tengo miedo de relajarme porque al relajamiento sobreviene la fragilidad y allí está la posibilidad de la intimidad y asi el fin del encantamiento de ese Castillo de cristal que construi practicamente solo hace cuatro años frente a ese monumentos a metros de la entrada del Museo del Prado. J A T

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