LUIS THONIS FOR EVER

Luis-Thonis

Texto escrito por Mariano Dupont ante la muerte de Luis Thonis. Este texto está en Facebook, pero creo que es indispensable para valorar la dimensión de la pérdida intelectual, humana, literaria, de toda índole, a que la muerte nos ha sometido. Le envío un abrazo a todos los amigos de Luis, a todos los que disfrutaron de su generosa humanidad…   Omar Genovese

images-1Luis Thonis era inmortal pero hoy se murió. Un mensaje a la tarde del amigo Walter Schulman, la mala noticia y la reputa madre que lo parió. Y después: qué tristeza. Llorar y llorar. Llamados y llorar, hacer cosas y llorar. Él, Luis, el posthumano, el arma letal, el primer general de la guerra de los mundos, el que iba a sobrevivirnos a todos, el hermoso indefenso que iba a defendernos eternamente de los malos de este mundo, el que iba a poner el cuerpo ante la bala que iba a matarnos, ya no está. ¿Cómo es que te moriste, Luis? La puta madre, otra vez. Y después, pensar: cada vez más solos. Siempre estuvimos solos, pero sin Luis todo es peor. O sea: uno más que se va. No sólo un amigo, “un compinche”, sino uno de esos que te cambian la vida, uno de esos sin los cuales tu vida no sería lo que es. Hay personas que te cambian la vida, no son muchas. Una, dos, tres, cuatro como mucho, al menos hasta ahora. Luis es una de ellas. Seis o siete años de amistad, qué importa, una vida.

imagesLo conocí gracias a Hugo Savino, que ya estaba en España, y que me dijo que nos escribiéramos a raíz de algo que yo en ese entonces estaba pensando sobre Murena, no me acuerdo qué. Y nos escribimos, y terminamos tomando un café en la Recova de Belgrano. No me olvido más. Una hora en la que fui Bagdad bombardeada por la air force norteamericana de George W. Bush. Osvaldo Lamborghini, peronismo, liberalismo, islamismo, comunismo, ecologismo, el rodrigazo, Perón, Alfonsín, Alberdi, Sarmiento, Ascasubi, desaparecidos, triple A, Walsh, Israel, sionismo, guerra, pacifismo, Churchill, Reagan, Stalin, Borges, Antonio Di Benedetto, Néstor Sánchez, las mujeres, el amor, la amistad, el entre-dos… Me paseó por todas sus obsesiones, me sopapeó, me dejó knock-out. Lo odié un poco, me acuerdo, pero igual seguí. Siempre hay que seguir con la gente que nos incomoda. Idas y vueltas. Cruces. Después empecé a tratarlo y terminé siendo su amigo, si es posible decir que uno era “amigo” de Luis. Porque ¿qué sé de Luis? Nada, muy poco. O todo. Una de las personas más transparentes que conocí en mi vida. Era fácil darse cuenta de que él sentía aprecio (y respeto) por vos. Era fácil saber si te quería. Después de que escribí una reseña sobre un libro suyo me regaló un pullover muy lindo de la empresa textil familiar. Me dijo: “Este es el pullover del Papa Francisco”. (Antes, por supuesto, de que el Papa Francisco fuera el Papa Francisco.) Nunca entendí el chiste, pero él lo seguía repitiendo cada vez que nos veíamos. Savino me dijo: “Si te regaló un pullover es porque te quiere, no regala pulóveres a todo el mundo, a mí me regaló uno solo y hace 35 años que soy su amigo”. Me sentí honrado. ¿Cómo no sentirse honrado con el afecto, con la amistad de Luis? Su generosidad, su inocencia, su ausencia de cálculo. Y su concepción liberal de la justicia. Una disfuncionalidad que lo llevaba a derrochar lo que no tenía. No sólo dinero, el dinero le chupaba un huevo, no le faltaba. Pero en el bar, hay que decirlo, siempre pagaba de más, teníamos que decirle: “Luis, ya está, ya pusiste suficiente”. “Está bien, está bien”, decía”, y se metía a regañadientes el bollito del billete de 100 pesos en el bolsillo. Lo impagable, o sea, eso que uno les pide a los amigos y que los amigos no siempre dan.

Y su libertad, la libertad de Luis, por supuesto, hay que hablar de su libertad. Incómoda, por supuesto, como toda libertad verdadera. Que estaba en su persona, en la singularidad de sus actos, pero sobre todo en sus textos, en sus ensayos, en sus relatos, en sus posteos y en sus comentarios de Facebook. Hay que leer a Thonis, lean a Thonis, amigos, no sean boludos. Luis no medía, no decía “este es un faraón, este no”, “con esto Fulano se va a enojar, con esto Fulano se va a alegrar”. No. Él interactuaba, punto, iba y venía, como un niño travieso, con la bella irresponsabilidad que se les atribuye a los niños traviesos, desacatados. Es que Luis era un niño, un niño inocente en un mundo culpable, como dijo Philippe Sollers de Céline. Uno pensaba: “Esto no, Luis, acá no”. O: “Ya lo dijiste”. Pero él necesitaba (la vida, para él, no era tanto una guerra de los mundos como una guerra de las galaxias) confrontar, pelearse, discutir, insistir, machacar, decirlo todo una vez más, incluso aburrir (lo vi hablando solo) porque en el fondo nadie escucha. Es así. Por eso estamos solos, porque nadie escucha. Luis lo sabía mejor que nadie. El asesinato o la violación de unas niñas cristianas en Nigeria en manos del terrorismo islámico era para él más importante que cualquier obra maestra de la literatura universal. Bajar a tierra, empezar de nuevo. Repensar una vez más qué hacemos acá, qué mierda vinimos a hacer a este mundo que no terminamos de comprender. Repensar cuál es la manera más digna y más noble –y más bella, sobre todo más bella– de ser humanos. Eso es para mí Luis Thonis.

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