NICOLÁS GARCÍA URIBURU, SU HIJA AZUL, MI MAMÁ Y YO

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La situación devenida en litigio judicial entre Nicolás García Uriburu y su hija, Azul (media hermana de Esmeralda Mitre) es muy triste y, en algún sentido, me toca de cerca. El problema puede abordarse desde varios ángulos pero el más importante es, desde ya, el humano y tiene que ver con la preservación de la dignidad de nuestros ancianos. Me refiero a esa delgada línea en la que un padre o una madre no pueden seguir por la vida sin atención medica o especializada permanente. Ese momento en el que se les quita, para siempre, el control de sus propias vidas.

Una semana antes de venir a Roma un test oncológico de mi mamó dio anormal. Los tres días anteriores a subirme al avión trajeron con violencia el recuerdo de las anteriores operaciones con altas posibilidades de que un eventual cáncer hubiera regresado. Esto para mí es no sólo un espejo de mi propio futuro -dado que, potencialmente, comparto los mismos genes cancerígenos- sino un recordatorio de mi soledad y, obviamente, de mi muerte. Es con todo eso en mente, que un hijo tiene que decidir cuando un padre ya no puede estar sin atención permamente.

Con la experiencia a cuesta de dos operaciones mayores de mi madre y con varias crisis de diferentes tipos, puedo, humildemente, pensar que un anciano debe ser dejado en un estado de controlada tranquilidad siempre y cuando no ponga en peligro inmediato su vida o la de terceros. Si el anciano puede estar ‘contento’ en su casa y con su vida, no hay necesidad de empujarlo a un hogar de ancianos. Desde ya, uso la palabra ‘contento’ en su acepción de ‘contenido’ y no, necesariamente, la de ‘feliz’ y, obviamente, asumo la posibilidad de que este equilibrio no solo sea inestable sino también peligroso para ese anciano pero esa es una decisión que se toma confiando en saber tomar la decisión correcta… llegado el momento.

En Argentina este es un tema, especialmente, delicado porque nuestro país está construido sobre los simientos de un sentimiento de culpa permanente de los hijos inmigrantes respecto de sus padres y sus seres queridos -dejados atrás en una hambrienta Europa. Si a esto se suma, ese violento y muy argentino narcisismo de aquellos que aterrizan en la vida de los otros dando consejos, refugiandose en el afecto que sienten por uno y su, aun mas narcisista sentido de responsabilidad, el resultado puede ser muy doloroso e innecesario. Los argentinos deberían aprender a callarse la boca en materia de familias ajenas. Como hijo único que vive lejos, tuve que llegar a un punto en el que hice el luto de la perfección de la situación de mi madre. Lo único que puedo hacer es pedirle a Dios que me indique saber determinar el momento en el que la decisión que ella tanto teme deba ser tomada.

En el caso de Nicolas Garcia Uriburu lo que está en juego es algo diferente y, según entiendo, tiene que ver con el prestigio de un artista del que la hija, por la razón que fuere, se quiere apropiar. En realidad, es en ‘esa razón que fuere’ en donde radica el síntoma de nuestra enfermedad social. El modo en el que Julieta Kemble, en Lucky Ladies (FOX), tira a la marchanta el prestigio de su padre por un par de minutos de fama, puede poner un poco de luz sobre este problema. En hijos sin talento ni carrera conocido, la herencia del padre no solo es económica sino también la oportunidad de tener una vida que por si mismos no pueden tener. En Buenos Aires, la pugna por el prestigio, entendido como ‘aparecer en lo publico’ es tan desesperante que pareciera que se les esta soltando la cadena a todos. Sin ir mas lejos, las fotos de los eventos culturales y ‘red carpets’ son tan endogámicos que dan la pauta de un tipo de neurosis obsesiva basada en ese mismo narcisismo que aparece con una dimensión mas de una sociedad enferma de adicción.

Sin embargo, lo que este conflicto pone sobre el tapete es la dificultad que tenemos para entender nuestro lugar y el limite de nuestro control respecto del modo en el que nuestros mayores deciden irse. Digo esto porque hay una diferencia entre la percepcion de un hijo y la de un padre o una madre y mientras estos crean que pueden y no sean una amenaza para terceros, yo creo que deben ser dejados en paz para disfrutar el tiempo de vida que les quede. J A T

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