NO HAY BELLEZA SIN VELO

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Mi coachee Fernando Quirós envía la siguiente reflección y ‘quotation’:

Desde mi estudio en Buenos Aires, rodeado de cuadros, óleos y trementina, la emoción me va invadiendo…he encontrado varias cajas grandes con libros que he guardado desde mi adolecencia, casi todos de pintura, otros sobre perspectiva, y uno en especial que creía ya perdido pero no olvidado, de un poeta, novelista y ensayista francés, premio novel de literatura en 1921.

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¨EL JARDÍN DE EPICURO¨  ANATOLE FRANCE

El encanto que más interesa a las almas es el encanto del misterio. No hay belleza sin velo, y lo desconocido es aún lo que preferimos. La existencia sería insoportable si no soñásemos siempre. Lo mejor que tiene la vida es la idea que sugiere de algo que no hay en ella. Lo real nos sirve para fabricar mejor o peor un poco de ideal. Es quizá su más grande utilidad.

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La desilusión de los poetas es una desilusión envidiable. No los compadezcáis. Los trovadores endulzan sus añoranzas con sus estrofas. No hay encanto semejante al encanto de las palabras. El poeta se consuela con sus imaginaciones, como los niños con un cuaderno de estampas.

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No debe preocuparnos el temor de atribuir a los artistas de otras épocas un ideal que nunca tuvieron. Ponemos algo de ilusión en lo que admiramos, y comprender una obra maestra es como crearla nuevamente en nuestro espíritu. Una obra se refleja de un modo muy distinto en cada uno de sus admiradores. Cada generación busca emociones desconocidas ante las obras de los antiguos maestros. El espectador más inteligente es el que halla la emoción más rara  y más intensa en algún afortunado contrasentido. Y de este modo, nada más, interesan profundamente a la Humanidad las obras de arte y de poesía que se presentan oscuras y son, por tanto, susceptibles de interpretaciones diversas.

El jardín de Epicuro (1894) 

Anatole France

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DIEGO VELÁZQUEZ, FLOTANDO ENTRE ‘LA ESPUMA DE AFRODITA’ Y ‘EL VELO LÁCTEO DE VENUS’

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UNA HIPÓTESIS VOLUPTUOSA SOBRE LA  UNIÓN DE LOS OPUESTOS POR FERNANDO QUIRÒS

Hace seis meses asisití a un Masterclass en Buenos Aires organizado por Rodrigo sobre Diego Velázquez que fue verdaderamente revelador y pude desmenuzar y así entender  los más íntimos interrogantes sobre el pintor sevillano y su universo.

Velázquez poseía a mi entender un extraordinario conocimiento sensual que nos guía a través de su pintura para descubrirnos más allá del tiempo, ingrávidos y desnudos, enfrentados a nuestro propio espejo interior.

Desde siempre me sentí cautivado con la mayoría de las obras del sevillano que cuelgan magistralmente en el Prado, un museo que visité innumerables veces por haber vivido en Madrid muchos años, pero a raíz de esta conferencia pude apreciar una nueva visión sobre el pintor barroco y una chispa se encendió en mí, encarnando un potencial incendiario de nuevas ideas y conclusiones acerca de su obra. Una de ellas pude arrojar abruptamente y sin filtro esa misma tarde en el edificio Cassará, no sin sentir un pudor tardío e inútil.

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En ese momento Rodrigo disertaba acerca de La Venus del Espejo y la posible inspiración de Velázquez en el Hermafrodita durmiente  (un ser mitad hombre mitad mujer, vástago de Hermes y Afrodita, (Mercurio y Venus), que Bernini copia en mármol en 1619, a partir de un original anónimo de un escultor griego del siglo II a. C.).

Ambos desnudos, la Venus y el Hermafrodita durmiente nos fascinan ante tanto embrujo convirtiéndonos en espectadores embobados mientras se va filtrando un enigma si pensamos o suponemos en su doble identidad de género.

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En el caso del Hermafrodita ya estaría resuelto por la convivencia de ambos sexos, pero no así en la provocativa hipótesis de que el sevillano haya querido insinuar la misma intención pintando su Venus del espejo.

Fíjense que la obra pudo ser pintada antes del segundo viaje de Velázquez a Italia, entre 1649 y 1651 o en Italia mismo, donde podría haber tomado contacto directo con la escultura de Bernini y engendrarse in situ su posible y seductora influencia y desde Italia ser enviada la pintura a España.

Volviendo a la conferencia y después de escuchar atentamente algunos apasionados comentarios acerca del potencial hermafroditismo que habría querido sugerir el pintor andaluz, a partir de lo expuesto por Rodrigo, me cayó la ficha en ese momento y sin asimilarlo asocié el velo blanco que vemos en el espacio que hay entre Cupido y la diosa del amor y que se refleja en el espejo que sostiene su hijo, también llamado Eros, con la espuma que dejan las olas en el mar.

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Sin freno ni conciencia tomé la palabra, para decir que el velo blanco podría representar metafóricamente la espuma, como en la leyenda  de Venus, diosa del amor, que nació de los genitales del dios Urano…….. cortados por su hijo Crono y luego arrojados al mar.

Una leyenda que nos regala Sandro Botticelli en una magnífica pintura  “Nacimiento de Venus” del año 1484 (el nombre griego, Afrodita, deriva de Αφρο, “espuma”, y significa literalmente “nacida de la espuma”).

Pero para ser sincero, en realidad fui más austero en mi relato y aventuré una breve conclusión, expresando que para mí, el velo blanco detrás de las caderas de la Venus del espejo, hace alusión a un “mar de esperma” *, en referencia al nacimiento en el “mar” de la Venus de Boticelli, obvio que esto no alcancé a decirlo en ese preciso y conveniente momento.

El bochorno pasó rápido, así como el fogoso murmullo del público que se hizo notar en un abrir y cerrar de ojos al escuchar semejante disparate en la sala de conferencias, aunque confieso que hubo varios asistentes (más de lo que yo pude prestar atención) que se expresaron a favor, con independencia de lo atrevido y jocoso de mi declaración.   .

Tengo aún una última sospecha que espero dilucidar en mi próxima visita al National Gallery donde está colgada* la Venus sevillana y hace referencia a que el enigmático y albino tul haya sido agregado detrás del culo de la modelo después de finalizada la pintura por el propio artista y esto hay que decirlo sin rodeos, la supuesta espuma o velo lácteo la pintó Don Diego, sencillamente por la soberbia resolución de sus pinceladas.

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Otro tema es el ceñido vínculo pictórico que enfrentan la piel blanca de las caderas con el velo níveo aludido, que si bien está plásticamente resuelto, me generó desde siempre una desazón excéntrica que había casi olvidado, una vieja percepción que se mantuvo larvada inconscientemente.

A todo esto hoy se suma una nueva conjetura, un viraje de ciento ochenta grados en el concepto simbólico de la Venus respecto a la posible inclusión en sus partes pudendas y sagradas de un nuevo sexo, y así coronar la famosa hipótesis de su real identidad.

En un acto de arrojo y osadía, pudo el pintor, haber incorporado por voluntad propia o a petición de quién sabe quién, este nuevo elemento metafórico otorgando un manto de dudas e incertidumbre, y por lo cual, si fuese realmente intencionado este acto último de pintar el dichoso tul blanco, cambiaría drásticamente el enfoque del desnudo del sevillano ya que aún desconocemos cuál es su enclave ontológico para aseverar categóricamente conclusión alguna.

Casualmente al entrar en la sala Velázquez, la clave y el corazón del Museo del Prado, tenemos la suerte de hallarnos de frente, con una copia en bronce del “Hermafrodito” * cuyo brilloso cuerpo cobrizo está enclavado como un ónfalo del oráculo de Delfos, símbolo del centro cósmico y ombligo del mundo, nada más ni nada menos que el lugar donde se creía que había comenzado la creación del universo.

Esto es un hecho que sé que no es inocente *, en Madrid y que ahora nos toca esclarecer si en Londres existe su doble, como “símbolo de la necesidad final de la unión de los opuestos”.

Pasa el tiempo y de momento lo único que sabemos es que nuestra Venus del espejo yace imperturbable, custodiada aún por negros leones a los pies de la imponente y monumental Trafalgar Square.

 

*   o un oleaje de esperma.

* de las bolas ( no pude con mi genio )

* realizada en 1652 por Matteo Bonarelli, fundidor ayudante de Bernini, trabajó el

mármol en San Pedro Vaticano, cuyas medidas son 61 x 160 cm

* en principio por lo expuesto aquí


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DIEGO VELÁZQUEZ, FLOTANDO ENTRE ‘LA ESPUMA DE AFRODITA’ Y ‘EL VELO LÁCTEO DE VENUS’

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UNA HIPÓTESIS VOLUPTUOSA SOBRE LA  UNIÓN DE LOS OPUESTOS POR FERNANDO QUIRÒS

Hace seis meses asisití a un Masterclass en Buenos Aires organizado por Rodrigo sobre Diego Velázquez que fue verdaderamente revelador y pude desmenuzar y así entender  los más íntimos interrogantes sobre el pintor sevillano y su universo.

Velázquez poseía a mi entender un extraordinario conocimiento sensual que nos guía a través de su pintura para descubrirnos más allá del tiempo, ingrávidos y desnudos, enfrentados a nuestro propio espejo interior.

Desde siempre me sentí cautivado con la mayoría de las obras del sevillano que cuelgan magistralmente en el Prado, un museo que visité innumerables veces por haber vivido en Madrid muchos años, pero a raíz de esta conferencia pude apreciar una nueva visión sobre el pintor barroco y una chispa se encendió en mí, encarnando un potencial incendiario de nuevas ideas y conclusiones acerca de su obra. Una de ellas pude arrojar abruptamente y sin filtro esa misma tarde en el edificio Cassará, no sin sentir un pudor tardío e inútil.

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En ese momento Rodrigo disertaba acerca de La Venus del Espejo y la posible inspiración de Velázquez en el Hermafrodita durmiente  (un ser mitad hombre mitad mujer, vástago de Hermes y Afrodita, (Mercurio y Venus), que Bernini copia en mármol en 1619, a partir de un original anónimo de un escultor griego del siglo II a. C.).

Ambos desnudos, la Venus y el Hermafrodita durmiente nos fascinan ante tanto embrujo convirtiéndonos en espectadores embobados mientras se va filtrando un enigma si pensamos o suponemos en su doble identidad de género.

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En el caso del Hermafrodita ya estaría resuelto por la convivencia de ambos sexos, pero no así en la provocativa hipótesis de que el sevillano haya querido insinuar la misma intención pintando su Venus del espejo.

Fíjense que la obra pudo ser pintada antes del segundo viaje de Velázquez a Italia, entre 1649 y 1651 o en Italia mismo, donde podría haber tomado contacto directo con la escultura de Bernini y engendrarse in situ su posible y seductora influencia y desde Italia ser enviada la pintura a España.

Volviendo a la conferencia y después de escuchar atentamente algunos apasionados comentarios acerca del potencial hermafroditismo que habría querido sugerir el pintor andaluz, a partir de lo expuesto por Rodrigo, me cayó la ficha en ese momento y sin asimilarlo asocié el velo blanco que vemos en el espacio que hay entre Cupido y la diosa del amor y que se refleja en el espejo que sostiene su hijo, también llamado Eros, con la espuma que dejan las olas en el mar.

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Sin freno ni conciencia tomé la palabra, para decir que el velo blanco podría representar metafóricamente la espuma, como en la leyenda  de Venus, diosa del amor, que nació de los genitales del dios Urano…….. cortados por su hijo Crono y luego arrojados al mar.

Una leyenda que nos regala Sandro Botticelli en una magnífica pintura  “Nacimiento de Venus” del año 1484 (el nombre griego, Afrodita, deriva de Αφρο, “espuma”, y significa literalmente “nacida de la espuma”).

Pero para ser sincero, en realidad fui más austero en mi relato y aventuré una breve conclusión, expresando que para mí, el velo blanco detrás de las caderas de la Venus del espejo, hace alusión a un “mar de esperma” *, en referencia al nacimiento en el “mar” de la Venus de Boticelli, obvio que esto no alcancé a decirlo en ese preciso y conveniente momento.

El bochorno pasó rápido, así como el fogoso murmullo del público que se hizo notar en un abrir y cerrar de ojos al escuchar semejante disparate en la sala de conferencias, aunque confieso que hubo varios asistentes (más de lo que yo pude prestar atención) que se expresaron a favor, con independencia de lo atrevido y jocoso de mi declaración.   .

Tengo aún una última sospecha que espero dilucidar en mi próxima visita al National Gallery donde está colgada* la Venus sevillana y hace referencia a que el enigmático y albino tul haya sido agregado detrás del culo de la modelo después de finalizada la pintura por el propio artista y esto hay que decirlo sin rodeos, la supuesta espuma o velo lácteo la pintó Don Diego, sencillamente por la soberbia resolución de sus pinceladas.

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Otro tema es el ceñido vínculo pictórico que enfrentan la piel blanca de las caderas con el velo níveo aludido, que si bien está plásticamente resuelto, me generó desde siempre una desazón excéntrica que había casi olvidado, una vieja percepción que se mantuvo larvada inconscientemente.

A todo esto hoy se suma una nueva conjetura, un viraje de ciento ochenta grados en el concepto simbólico de la Venus respecto a la posible inclusión en sus partes pudendas y sagradas de un nuevo sexo, y así coronar la famosa hipótesis de su real identidad.

En un acto de arrojo y osadía, pudo el pintor, haber incorporado por voluntad propia o a petición de quién sabe quién, este nuevo elemento metafórico otorgando un manto de dudas e incertidumbre, y por lo cual, si fuese realmente intencionado este acto último de pintar el dichoso tul blanco, cambiaría drásticamente el enfoque del desnudo del sevillano ya que aún desconocemos cuál es su enclave ontológico para aseverar categóricamente conclusión alguna.

Casualmente al entrar en la sala Velázquez, la clave y el corazón del Museo del Prado, tenemos la suerte de hallarnos de frente, con una copia en bronce del “Hermafrodito” * cuyo brilloso cuerpo cobrizo está enclavado como un ónfalo del oráculo de Delfos, símbolo del centro cósmico y ombligo del mundo, nada más ni nada menos que el lugar donde se creía que había comenzado la creación del universo.

Esto es un hecho que sé que no es inocente *, en Madrid y que ahora nos toca esclarecer si en Londres existe su doble, como “símbolo de la necesidad final de la unión de los opuestos”.

Pasa el tiempo y de momento lo único que sabemos es que nuestra Venus del espejo yace imperturbable, custodiada aún por negros leones a los pies de la imponente y monumental Trafalgar Square.

 

*   o un oleaje de esperma.

* de las bolas ( no pude con mi genio )

* realizada en 1652 por Matteo Bonarelli, fundidor ayudante de Bernini, trabajó el

mármol en San Pedro Vaticano, cuyas medidas son 61 x 160 cm

* en principio por lo expuesto aquí


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